martes, 1 de febrero de 2011

Miedo al miedo

Yo era una niña feliz y confiada como lo son casi todas a los 4 o 5 años de edad. Mi mundo estaba lleno de vestiditos con crinolina, calzoncitos de holanes, florecitas en el cabello (¿coqueta?, ¡coquetísima!), piñatas, juegos y muchos dulces.

Recuerdo muy bien una tarde en que Margarita, la “nana” que me cuidaba, me llevó a la feria. Entre los juguetes y chucherías que tanto llamaban mi atención vi algo que me quitó el aliento. Frente a mí, parada sobre una pared, una enorme araña con cabeza de mujer me miraba. Esa araña empezó a platicar su historia: quedó así como castigo por haber desobedecido a sus papás, no terminarse su leche y no dormirse temprano. Desde entonces le llaman "La mujer araña" y anda de feria en feria contando lo que le pasó.

La escuché con una mezcla de terror, incredulidad y compasión. Quedé muy asustada. A mi regreso, mi casa estaba irreconocible: ahora era un lugar tenebroso. En mi mente infantil se alojó la idea de que algo muy importante acababa de descubrir: el mundo NO ES UN LUGAR SEGURO. Si esa mujer se había convertido en araña por desobedecer cuando niña, entonces el mundo era un lugar MUY peligroso. Ese día conocí a mi mayor enemigo: el miedo.

Y ese enemigo ya no me abandonó; se hospedó en mi casa, en mi recámara, en mi corazón… y en mi vida. Parecía tener vida y voz propia, y me recordaba que debía estar alerta, pues en cualquier momento algo terrible podría suceder. Cuando a los 8 o 9 años mis padres querían salir a divertirse de noche, la voz del miedo me susurraba: “¿Y si les pasa algo, y si ya no regresan?”. En mi mente, el peligro acechaba continuamente.

Al casarme permití mucha violencia y abuso. Las personas temerosas son muy fáciles de controlar y manipular, y vivir con una persona asustada ciertamente da mucho poder.

El miedo era mi compañero inseparable: miedo que se siente como metal frío en la boca, que acelera el pulso, que arde en el estómago, que enseña a caminar con pies de pluma, que pone en estado de alerta máxima la mente y cada célula del cuerpo.

Miedo que permite, que calla, que otorga, que enferma, que duele.

Miedo que paraliza, silencia, anula, aísla y doblega con su peso.

Miedo que confunde lo suficiente como para incapacitar ver la salida: “¿Y si cumple sus amenazas?”, “¿Y si no puedo salir adelante sola…?”.

Finalmente, llegó un momento en que el miedo a permanecer fue mayor que el miedo a lo que sucedería si me marchaba. Y así lo hice.

Luego supe que “valor” no significa no tener miedo, sino hacer lo que se tiene que hacer a pesar de sentirlo.

Ya no hay violencia en mi vida, ya no hay altibajos. Ya me bajé de la montaña rusa. A pesar de eso, todavía me siento ansiosa con respecto al futuro, siento miedo sin que exista una razón aparente; me cuesta trabajo dejar de anticipar dificultades.

Sabía muy bien cómo vivir en estado de crisis, ahora estoy aprendiendo a vivir en calma.

Nada puedo hacer acerca de cosas que aún no han sucedido, pero estoy aprendiendo a no permitir que experiencias pasadas me hagan temerosa del futuro que desconozco. El miedo, por ser irracional, es un arma poderosa. Cuando me invade, averiguo su origen y descubro su irrealidad. Para romper el ciclo de preocupación y temor, estoy aprendiendo a concentrar toda mi atención en este preciso momento. Trato de alejarme de los “debo” o “debería”, pues mi rigidez era un muro que ocultaba mi temor.

No temo las tormentas porque estoy aprendiendo a navegar mi barco. Louisa May Alcott

El miedo en sí no es bueno ni malo. Es un sentimiento, no una acción. No es una señal de debilidad o cobardía, es sólo un aviso del cuerpo que me dice que allí hay algo importante. Estoy aprendiendo a ver el miedo de una forma diferente: una luz parpadeante que me avisa dónde existe una zona de oportunidad para crecer en algún aspecto, al arriesgarme a hacer algo de diferente manera; una señal de que hay algo que debo aprender.

Estoy empezando a creer que finalmente, y a pesar de todo, mi miedo y yo podemos ser buenos amigos.

La seguridad es en gran medida una superstición. No existe en la naturaleza, ni los hijos de los hombres la han experimentado. A la larga, evitar el peligro no es más seguro que exponerse a él. Porque la vida es una aventura audaz o no es nada. Helen Keller

6 comentarios:

  1. Así es...si aprendemos a utilizarlo puede ser un Area de oportunidad. Existe una diferencia entre la ansiedad y el miedo. El miedo es algo específico mientras la ansiedad es algo desconocido, por eso el miedo si lo podemos aprovechar y hacerlo que trabaje a nuestro favor.
    Saludos Gisela!

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  2. Adoro cuando escribes desde ti y abres tu corazón como lo haces.

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  3. Gracias por comentarios. Escribir este blog contanado mis vivencias ha sido para mí una especie de catarsis, un cerrar ciclos, aclarar cosas en mi mente, en fin, parte de un proceso sanador. Gracias por leerme.

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  4. Gisela:

    Sin duda uno de tus mas grandes aprendizajes ha sido a ver el miedo de una forma diferente. Yo creo que eso es lo mejor de todo!

    Un abrazo afectuoso,
    Graciela

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  5. Tu experiencia es para mi a partir de este momento una valiosa lección de vida.
    Saludos.

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    1. Saludos, gracias por tu comentario. Compartiendo podemos aprender de experiencias ajenas.

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