domingo, 18 de noviembre de 2012

Lecciones de vida de un tapete persa


 Hace pocos días desayuné con mis hijas en Polanco, y al terminar caminamos un rato por las distintas tiendas que allí abundan con lindos y exóticos artículos de decoración. Me topé con un tapete iraní, con el cual tuve un flechazo de amor a primera vista. Lo tengo en una parte especial de mi casa y nos contemplamos a menudo como dos amantes enamorados.
  Intuyo algo de su historia, su origen, su traslado desde ese lejano país. Sobre un fondo blanco tiene varias grecas en colores: negro, verde, rojo; azul en varios tonos, amarillo, entre otros.  Estaba viéndolo cuando recordé una historia que Juan Carlos me contó hace poco tiempo acerca de su abuela Pilar.
 Tenía cuatro años Pilar cuando quedó huérfana de padre y madre. Un tío la cuidó a partir de entonces y la quería mucho. Este tío tenía un negocio y un día entró un asaltante a su tienda y lo asesinó. Pilar tuvo que ser cuidada por una tía para quien representaba más una carga que un gusto la recién adquirida responsabilidad. Cuando la niña cumplió catorce años, un hombre bastante mayor que ella la pidió en matrimonio a cambio de un terreno; transacción que la tía aceptó encantada. El resto es historia: nació la mamá de Juan Carlos, nació Juan Carlos, y conocí al amor de mi vida. Me pregunto si le debo a ese asaltante el haberlo conocido.
 El tapete iraní me enseñó algo acerca de las tragedias que se presentan en nuestras vidas: en él conviven los tonos obscuros con los claros, los negros, grises y marrones con los verdes, naranjas y amarillos. Ambos le brindan el equilibrio que le confiere esa especial belleza. Mi vida es un gran telar en donde mi Poder Superior mezcla hilos de todos colores. Algunos son negros y yo lo vivo como situaciones dolorosas, pero si me alejo lo suficiente para ver mi tapete en perspectiva me doy cuenta que también lo obscuro es parte de un todo que crea un bello conjunto.
Nunca pensé que un tapete iraní tuviera algo que enseñarme acerca del dolor, pero así fue.