domingo, 2 de agosto de 2015

La llamada

Hay llamadas que cambian vidas. Después de aquella, he recibido otras dos.

Era de noche. Mi esposo entonces y yo nos disponíamos a salir, teníamos una cita con mi suegro. Iríamos a cenar y al cine aprovechando que su esposa estaba de viaje. Al cerrar la puerta, sonó el teléfono. Volví a abrirla y Felipe tomó la llamada. Palideció y escuché que gritaba: "¡¿A dónde lo llevan?!" Yo no lo sabía, pero mi vida había cambiado radicalmente a partir de ese instante.

Corrimos al hospital. Alcanzamos a ver cuando bajaban a mi suegro de la ambulancia, todavía consciente. Al poco tiempo cayó en coma, mes y medio después falleció.

Felipe cursaba el último año de su residencia en cirugía general. El total de sus ingresos provenía de ayudantías en las cirugías de su padre. Teníamos algunos ahorros en plazo fijo que no vencían hasta un año después. Así que, aunado al dolor, de un día para otro nos quedamos en la calle. Tuvimos lo que restaba del mes para desalojar el bonito departamento que rentábamos y deshacernos de todo el menaje de casa, prácticamente nuevo, pues recién cumplíamos dos años de casados.

Rematé todas mis cosas y sólo conservé lo que me cupo en unas cuantas cajas de cartón. No teníamos donde vivir. Una compasiva tía lejana nos ofreció una habitación  sin baño en su casa. Allá nos mudamos. Yo estudiaba arquitectura en la universidad Iberoamericana. No tenía para la siguiente colegiatura. Me despedí de mis compañeros y de mi antigua cómoda vida.

Sentada en una cama extraña en una habitación prestada, me propuse sacar lecciones positivas de eso que estaba viviendo. Felipe tenía alimentación incluida en el hospital en donde practicaba. Yo no tenía ese privilegio. Me dediqué a buscar trabajo y desesperada por mi circunstancia tomé lo primero que encontré.

Empecé a vender perfumes bajo comisión, en tiendas, papelerías y locales comerciales de todo tipo. Odiaba mi trabajo. Me acabé varios pares de zapatos caminando en busca de probables clientes. Siempre he sido huraña, tímida, antisocial, características totalmente opuestas a las recomendadas para un vendedor. Pero yo no estaba para remilgos. Pasaba hambre y necesitaba el dinero. Empecé a sentirme físicamente mal, mareada todo el tiempo y mi estómago no retenía comida. Me realicé análisis pensando recibir noticias de alguna enfermedad, pero no era tal. Era Paulina, mi hija que con poco tiempo estaba haciendo patente su presencia en mí.

Varios meses después me nombraron coordinadora de ventas en la compañía, con una oficina, un horario y un sueldo fijo. Al cabo del año venció el plazo del dinero y compramos un departamento. Felipe se concentró en terminar su residencia de cirugía y en su pena se alejó de todo, incluso de mí.

Tardamos varios años en recuperarnos económicamente. Nuestra relación nunca la pudimos recuperar.

Entre muchas cosas, de esa experiencia aprendí a valorar los placeres cotidianos que por costumbre me eran transparentes. Tener un espacio mío, ¡el lujo de un baño propio! el privilegio de contar con una lavadora automática y no tener que lavar la ropa a mano. Estrenar un par de zapatos... disfrutar la comida, recordando mi mayor placer en aquella época, una rebanada de pan blanco con mermelada de fresa que saboreaba como si fuera el más refinado de los postres.

Sigo disfrutando esos pequeños grandes placeres y doy gracias por ello. Recuerdo la época en que los añoraba y ahora no quiero darlos por sentado. De hecho, aprendí a no dar nada por sentado.
La vida puede dar un vuelco con el sonido de una llamada.

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