domingo, 18 de diciembre de 2011

Amándome primero

"Si se debe amar al prójimo como a uno mismo, es por lo menos tan justo amarse a sí mismo como al prójimo." Charmfort


Dios ha de ser muy metódico y ordenado pienso yo. Él de alguna forma se las arregló para que las mismas leyes que gobiernan el ámbito físico lo hagan en el espiritual, de manera que podamos tomar ejemplo en la naturaleza y en los animales. De ellos aprendo sabias lecciones acerca de asuntos espirituales. Veo una armonía tan perfecta en el diseño universal, que incluso algo intangible como el amor puede explicarse por medio de una sencilla fórmula matemática:
YO + TÚ= AMOR

Existen muchas otras ecuaciones parecidas que se confunden con el amor, pero su resultado es muy diferente. Por ejemplo: TÚ -YO = INDIFERENCIA,  TÚ/YO= CODEPENDENCIA, YO/TU=ABUSO. 
 Yo intenté "amar" durante mucho tiempo usando la segunda fórmula, pero el sacrificarse por otro NUNCA produce "amor" por resultado.

Imagino el YO  como un globo que contiene todo lo que necesito para mi bienestar. Dentro se encuentran mis necesidades, sueños, deseos, sentimientos, pensamientos, ambiciones, gustos, placeres, en fin, todo lo que hace que mi vida tenga un sentido y un propósito. Ese globo debe estar lleno a rebosar. Porque de lo que rebose es con lo que voy a amar al otro. No puedo amar desde mis carencias; se ama desde la plenitud.
Lamentablemente los medios se encargan de difundir una imagen muy distorsionada del amor con frases como: "amar no es dar lo que nos sobra", "amar hasta que duela" "amar es sacrificarse por el otro", "el amor es el olvido del yo", "yo soy tú y tú eres yo y nosotros somos el amor".  A ésta última frase, que yo tuve apuntada mucho tiempo como guía de amor, podría ahora objetarle: "si yo soy tú y tú eres yo, ¿desde donde vamos a amar? ¿cómo lo haremos si ni siquiera somos?

 Amar es definitivamente cosa de valientes, y trae incluído muchas frases que a veces me cuesta pronunciar, tales como: "no puedo", "no voy a hacer eso por tí, "asume las consecuencias de tus actos", "ahorita estoy ocupada", "estoy descansando". 

Dejar de meter las manos para impedir a mis seres queridos experimentar situaciones dolorosas que se han buscado es algo muy difícil para mí. Algún chip implantado en lo más profundo de mi cerebro me dice que soy una persona "egoísta" si no intervengo, y de alguna forma mi valor como persona ha estado asociado a sentirme una persona "buena", interesada por los demás y que hace cualquier cosa por ayudar.

Amar no es sólamente dar; amar no es colgarse a otras personas en la espalda. Ahora sé que  amar también es poner límites. Al retirar las manos simplemente estoy siguiendo una Ley más grande que yo, la misma que siguen la naturaleza y los animales.

Wanda, una perrita que adopté y que tuvo a sus cachorritos en mi casa, me mostró una manera sana de amar. Primero se alimentaba y luego amamantaba a sus cachorros.Y cuando consideraba que era suficiente, simplemente se retiraba sin importarle que siguieran reclamándola. Cuando se fueron a otros hogares, les dió un lengüetazo a cada uno y siguió con su vida. ¡Qué difícil me resulta a mí amar sin apegos!

Maturana es el primer científico que desde su hacer explica el amor. Según él, el amor, más que un don o una cualidad, es un fenómeno relacional consistente en conductas a través de las cuales vemos al otro como un ser legítimo. Entendiendo la legitimidad como conductas de respeto y aceptación al otro en el diario convivir. Cuando en nombre del amor, empiezo a hacer por mis seres queridos lo que ellos pueden hacer por ellos mismos, no los estoy respetando ni aceptando como seres legítimos con sus propias responsabilidades y derechos, incluyendo el de cometer errores. En otras palabras, no les estoy demostrando amor.

Así como mi cuerpo es un sistema, y lo que perjudica un órgano termina perjudicando a los demás si no es atendido, así las relaciones de amor son un sistema.

La gráfica sería algo así:


                                                     TÚ
                                                     +
                                         TÚ   +  YO  + TÚ
                                                      +
                                                     TÚ

Si yo empiezo a hacer más importante a otro u otras personas que a mí, tendré consecuencias negativas no sólo en mí sino en todos con quienes me relaciono.

El amor que puedo dar es como una bella melodía que brindo a los demás con mi instrumento, como un violín que deleita a quienes amo.  Para sacar lindos sonidos debo cuidarlo con esmero y dedicación.  No puedo en nombre del amor descuidarlo al grado de desafinarlo o romperlo, porque de él no conseguiré sacar más que molesto y desagradable ruido. Aunque el otro lo quiera recibir con amor, sigue siendo ruido.
Para que sea música se necesita seguir ciertos pasos y ciertas reglas específicas.

Estoy aprendiendo a ponerme a mí primero. No siempre lo logro, pero entonces pienso que tengo un Stradivarius que necesita muchos cuidados porque mis seres queridos  merecen escuchar la mejor melodía que pueda salir de él.

Con amor
Gisela

martes, 28 de junio de 2011

La felicidad, ¿una decisión?

 Para mí, vivir feliz es algo parecido a bailar ballet.
Se ve ¡tan sencillo! Los movimientos salen tan naturales, que parece que con solo relajarme y sentir la música los podría ejecutar yo también con la misma gracia y soltura.
Sin embargo, muchos años de disciplina y práctica constante fueron necesarios para que el baile se viera como algo fácil de ejecutar.
Con la felicidad pasa lo mismo.

Yo soy feliz cuando celebro la fiesta del cuerpo y la vida, me abandono al cambio, me desapego y soy libre. Cuando, como el bailarín, fluyo en el hoy con espontaneidad haciendo lo mejor que puedo con lo que tengo. Lo que no ha sucedido no es mi problema, se lo dejo al Poder Superior que cuida de mí. Suena muy fácil, como fácil se ve el baile, pero requiere de mucho entrenamiento.

Para dominar la técnica del ballet clásico, se necesita practicar diariamente. Para vivir feliz yo también lo requiero. A lo largo de la vida aprendí movimientos que no dan resultados armoniosos y que debo "desaprender" para aprender los que sí producen el resultado que deseo.

Uno de tantos es devolver con la misma moneda. Trato de mala forma a quien así lo hizo conmigo y pienso que "hice justicia". Me molesta la violencia con que el otro me trató pero justifico mi reacción al pensar que le di lo que se merecía.  El resultado de mi presunto acto de "justicia" no es ni paz ni felicidad, ni armonía.

Otro  error de técnica es hacer suposiciones y luego tomármelas de manera personal. En vez de preguntar, creo saber lo que piensan los demás y sus motivos, y en base a lo que supongo, reacciono.

Uno muy arraigado en mí es la necesidad de controlar el futuro. Esa necesidad me lleva a pensar que el preocuparme imaginando cosas que no quiero que pasen, va a evitar que realmente sucedan.

He experimentado demasiadas veces lo que se siente el ser avisado que se tiene una enfermedad terminal, o que algo grave le sucedió a algún ser muy querido. Nunca he conseguido solucionar absolutamente nada con el hecho de preocuparme. ¡Cuánto sufrir en vano! Es algo muy tonto pensar que imaginar que sucede lo peor me va a preparar para que no suceda.

Una costumbre que me incomoda sobremanera al practicar mi baile es la obsesión del perfeccionismo, de pensar que existe el momento"perfecto". Que la perfección es algo que está a mi alcance si me esfuerzo lo suficiente. Que hay una manera "correcta" (de acuerdo con mi idea de lo que "está bien", por supuesto) de vivir, de morir, de actuar, de ser. Lo único que consigue esta obsesión es entorpecer mis movimientos, me impide soltarme y "fluir".

A veces parece que la melodía se repite sin cesar como disco rayado, y eso me llena de angustia. Me sucede cuando pospongo cosas importantes que necesito hacer. Trato de no escucharla pero ahí sigue, repitiéndose indefinidamente exigiendo que le preste atención.

Así he encontrado que ser felíz no es asunto sencillo. Requiere de maestría y destreza, de conocimiento interior llevado a la acción.


"Felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace".
–Jean Paul Sartre (1905-1980), filósofo y escritor francés.

Dan Gilbert, profesor de psicología de la Universidad de Harvard,  distingue entre "felicidad natural" (la que experimentamos cuando conseguimos lo que queremos) y "felicidad sintética",  la que sentimos aún cuando las cosas no suceden de acuerdo con nuestros deseos. Esta felicidad sintética la conseguimos gracias a pensamientos que nos ayudan a cambiar nuestra visión para poder sentirnos mejor; en otras palabras, lo que nos decimos para "consolarnos" cuando no conseguimos lo que queremos.

Podemos buscar la felicidad intentando conseguir cosas o podemos fabricarla con lo que tenemos. Así que consigamos o no lo que deseamos, podemos ser igualmente felices. ¿Por qué? Su conclusión fué:
“Nuestros anhelos y preocupaciones son, hasta cierto punto, sobreestimados, porque dentro de nosotros tenemos la capacidad de encontrar el material para ser felices que estamos constantemente buscando fuera”.

El escritor argentino Sergio Sinay compara la felicidad con la estela que deja en el agua una embarcación cuando navega. El agua es la vida, la embarcación soy yo, la estela es la felicidad. 

El bote no navega hacia la estela, ésta aparece como consecuencia de mi navegar. La felicidad son las huellas que dejo tras de mí al caminar. No es un derecho ni un deber, es una consecuencia. Una consecuencia de mi manera de vivir.

Así que, ser feliz es la consecuencia de mi decisión de serlo; de aprender a dejar de lado las actitudes que me hacen infeliz y  buscar las que me dan felicidad.

Ser feliz es una decisión y una consecuencia, una consecuencia de mi decisión de serlo.
Es un producto caro, pero accesible a quien quiera pagar el precio.

sábado, 16 de abril de 2011

Mercado de valores


 Me gusta la idea de comparar la vida con un mercado en donde cada quien compra lo que quiere tener, porque le gusta, porque es lo que cree merecer, o porque es lo que le alcanza con los recursos que tiene.

Así, nuestros recursos emocionales como la seguridad personal, la capacidad de superar nuestros miedos, la de reconocer nuestros errores y  aprender de ellos, la autoestima, la capacidad de confiar y generar confianza, la de ser responsables, la de ser agradecidos y muchos más, resultan monedas de mucho valor. 
Quienes las poseen son quienes adquieren los productos más valiosos y duraderos, como momentos felices, paz espiritual, un hogar armonioso, amistades largas y relaciones sanas con personas que poseen los mismos recursos emocionales.
 Así es. También en el plano emocional existen millonarios, ricos, pobres y personas en bancarrota declarada.
La persona que no está satisfecha con su vida decide adquirir objetos “de segunda” que no llenan sus expectativas ni la hacen feliz. Compra lo que puede con lo que tiene o con lo que está dispuesta a pagar.
La persona que vive feliz, que se siente realizada y ha cultivado relaciones plenas y duraderas, no tiene buena suerte. Tal cosa no existe. Tiene más recursos emocionales y escoge diferente. Utiliza monedas de valor elevado y va de compras a tiendas de lujo a adquirir lo que desea para su vida.
Pues según esta idea, existen también “tiendas de lujo” y “tianguis” emocionales.
En los tianguis emocionales abundan los sentimientos pirata, no auténticos; están llenos de falsificaciones y emociones que otros han desechado por ineficaces y corrosivas. Las personas con pocos recursos emocionales acuden a estos tianguis a hacer sus “compras”. De algún modo se sienten más cómodas en ese ambiente que por ser tan conocido, les parece familiar.
En las tiendas de lujo, el código de comportamiento es diferente : allí no se regatea, todo es valioso (y todos lo aprecian), hay crédito pues hay confianza y no es necesario rogar.
A veces ando escasa de fondos emocionales y no me alcanza para comprar un buen rato o un buen sentimiento, entonces me tengo que aguantar el sentimiento “barato” de rencor, envidia, minusvalía… o el que haya escogido.
Me gusta poner atención a esas pequeñas “compras” que hago cada día, pues son esas decisiones diarias las que me permiten vivir la vida plena que quiero, y merezco.
¿Y tú? ¿Cuáles son tus recursos emocionales y qué compras con ellos?

martes, 8 de marzo de 2011

Femenino y masculino

Vivimos en el presente una cultura de poder y dominio, competitiva, jerárquica y autoritaria. Solucionamos problemas viéndolos como desafíos que requieren el uso de la fuerza y así “luchamos” en contra de la pobreza, el abuso y la contaminación. “Controlamos” nuestras emociones y la naturaleza.

Le damos mucha importancia a la eficacia y a la productividad, pues sentimos que lo que le da valor a nuestra vida no es el mero hecho de vivirla a plenitud, sino ser alguien productivo. Una vida sin logros (externos todos ellos) se ve como una vida mediocre. Por ello dejamos de vivir el presente y encontramos nuestra identidad en el fruto de nuestro hacer.

El sentido de lo que hacemos está más allá del mero hacer, está en el resultado que queremos conseguir. El sentido de trabajar es ganar dinero; el de descansar es recuperar energía; el de comer es nutrirnos; el de jugar con nuestros hijos es prepararlos para el futuro.

Como lo importante es el resultado, intentamos controlarlo, controlando a las personas que intervienen.

 Vivimos en una cultura patriarcal, en un mundo MASCULINO


La cultura matrística, por el contrario, nos invita a:

Competir menos y colaborar más
Retener menos y soltar más
Apreciar igual las cosas por su utilidad y por su belleza
Ser menos exigentes y más permisivos
Hablar menos y escuchar más
Atacar menos y ser más empáticos y comprensivos
A ser menos individualistas y más solidarios
A hacer menos cosas por conseguir resultados y más por convicción y placer
A ser menos rígidos y más espontáneos en la demostración de nuestros sentimientos
A que vivamos menos en el futuro y más en el presente
A que nos guiemos  menos por la razón y más por la intuición
A que impongamos menos nuestras ideas y respetemos más las ajenas, logrando así más acuerdos.

A que luchemos menos y bailemos más
A que persigamos menos metas y más balones.
A que sigamos menos rutas seguras y más veredas inexploradas.
A que seamos menos amplios y más profundos.
...Menos rivales y más compañeros

Hagamos de éste, un mundo menos rígido y más flexible; menos duro pero más duradero… menos MASCULINO y más Femenino.

jueves, 24 de febrero de 2011

Violencia

¿Sabes cómo se cocinan las ranas?
Si las pones directamente en agua caliente
salen saltando, pero si las pones en agua fría
y las vas calentando de a poco,
se van cocinando sin darse cuenta.

De manera imperceptible, poco a poco, conforme la costumbre iba volviendo transparente el abuso, la vergüenza se apoderó de mi cuerpo, de mi ser y de mi hacer. Me gritaba juicios que yo creía sin cuestionar: no merecía existir. Me aconsejaba volverme transparente para no incomodar. Me hacía ver todo lo equivocado con respecto de mi ser: Había nacido en el tiempo equivocado, con el cuerpo equivocado, la personalidad y las habilidades equivocadas. Simplemente no llenaba el molde que se suponía debía llenar. Era algo así como un total fraude. Una persona “pirata”. En algún otro lado debía existir la correcta. La YO que debía haber sido. Con el matrimonio que debía haber tenido. En algún otro lado estaba la mujer capaz de complacer y hacer feliz a su pareja. Yo simplemente era inadecuada.

No importaba el tamaño de mi esfuerzo. El que fuera yo quien lo hiciera le quitaba todo mérito. Llegué a sentir que sencillamente no era capaz de hacer las cosas bien. Me abrumaba un sentimiento de NO MERECER. Sentía una especie de envidia hacia las personas que eran “piezas originales” y no seres de segunda, como yo me sentía.

Llegué a desconectarme totalmente de mí misma. Me perdí por completo. Ya no sabía qué quería, qué me gustaba, cómo me gustaba vestirme, cuáles pensamientos eran míos… y finalmente, ¿qué importancia podría tener?, ¿para qué tener ideas o gustos propios? Siendo míos, seguramente serían reprobables.

Recuerdo un día que fui de compras al supermercado y en la sección de verduras vi una rata paseándose entre las lechugas. No tuve ninguna reacción. Si mi ser no tenía autoridad de ser, tampoco la tenía de sentir. Estaba demasiado confundida como para saber qué debía sentir. ¿Miedo? ¿enojo? ¿debía reclamarle al gerente del lugar? ¿y si se burlaba de mí? “¡Por favor señora, no sea ridícula! ¿Qué no sabe que lo más normal del mundo es que las ratas se paseen entre las verduras? ¿Qué nunca ha ido a un mercado?” Agarré la lechuga a pesar de lo que había visto y me retiré avergonzada del lugar.

La vergüenza es un sentimiento contundente, que explica muchas de las decisiones que a veces encontramos inexplicables.
Juzgamos a las mujeres que soportan maltrato y violencia familiar. “¿Por qué se quedan? ¿Por qué aguantan tanto?” “Si está en esa relación es porque quiere, a la mejor hasta le gusta” “Está por pendeja”. Esos juicios, lejos de confrontar ,lo único que consiguen es lacerar más la ya deteriorada autoimagen. El miedo y la vergüenza someten y bloquean cualquier visión al exterior.

La solución no viene en el mismo nivel de pensamiento que creó el problema. Einstein

Como toda persona que permanece en una situación así, me volví co-dependiente. Es difícil salir del maltrato porque primero se debe reconocer la dependencia y los sentimientos de vergüenza, miedo, inseguridad, culpa, baja autoestima y negación que lo permiten. Un segundo paso es aceptar la imposibilidad de salir por cuenta propia, y el tercero, buscar ayuda.

Hoy me amo lo suficiente como para entender que la vergüenza es un error de juicio. Nace de la comparación al buscar mi medida fuera de mí. Estoy aprendiendo a amar incondicionalmente, y estoy empezando por mí. Lo importante no es lo que sienta, sino cómo reacciono y lo que hago con el sentimiento. Al igual que el miedo, la vergüenza y la culpa también pueden ser mis aliadas, pues me advierten cuando mi comportamiento es incompatible con mis valores.

Se llega al momento en que tus demonios, que son terribles, se hacen más y más pequeños y tú más y más grande. August Wilson

Siento que ahora estoy en ese momento.

martes, 1 de febrero de 2011

Miedo al miedo

Yo era una niña feliz y confiada como lo son casi todas a los 4 o 5 años de edad. Mi mundo estaba lleno de vestiditos con crinolina, calzoncitos de holanes, florecitas en el cabello (¿coqueta?, ¡coquetísima!), piñatas, juegos y muchos dulces.

Recuerdo muy bien una tarde en que Margarita, la “nana” que me cuidaba, me llevó a la feria. Entre los juguetes y chucherías que tanto llamaban mi atención vi algo que me quitó el aliento. Frente a mí, parada sobre una pared, una enorme araña con cabeza de mujer me miraba. Esa araña empezó a platicar su historia: quedó así como castigo por haber desobedecido a sus papás, no terminarse su leche y no dormirse temprano. Desde entonces le llaman "La mujer araña" y anda de feria en feria contando lo que le pasó.

La escuché con una mezcla de terror, incredulidad y compasión. Quedé muy asustada. A mi regreso, mi casa estaba irreconocible: ahora era un lugar tenebroso. En mi mente infantil se alojó la idea de que algo muy importante acababa de descubrir: el mundo NO ES UN LUGAR SEGURO. Si esa mujer se había convertido en araña por desobedecer cuando niña, entonces el mundo era un lugar MUY peligroso. Ese día conocí a mi mayor enemigo: el miedo.

Y ese enemigo ya no me abandonó; se hospedó en mi casa, en mi recámara, en mi corazón… y en mi vida. Parecía tener vida y voz propia, y me recordaba que debía estar alerta, pues en cualquier momento algo terrible podría suceder. Cuando a los 8 o 9 años mis padres querían salir a divertirse de noche, la voz del miedo me susurraba: “¿Y si les pasa algo, y si ya no regresan?”. En mi mente, el peligro acechaba continuamente.

Al casarme permití mucha violencia y abuso. Las personas temerosas son muy fáciles de controlar y manipular, y vivir con una persona asustada ciertamente da mucho poder.

El miedo era mi compañero inseparable: miedo que se siente como metal frío en la boca, que acelera el pulso, que arde en el estómago, que enseña a caminar con pies de pluma, que pone en estado de alerta máxima la mente y cada célula del cuerpo.

Miedo que permite, que calla, que otorga, que enferma, que duele.

Miedo que paraliza, silencia, anula, aísla y doblega con su peso.

Miedo que confunde lo suficiente como para incapacitar ver la salida: “¿Y si cumple sus amenazas?”, “¿Y si no puedo salir adelante sola…?”.

Finalmente, llegó un momento en que el miedo a permanecer fue mayor que el miedo a lo que sucedería si me marchaba. Y así lo hice.

Luego supe que “valor” no significa no tener miedo, sino hacer lo que se tiene que hacer a pesar de sentirlo.

Ya no hay violencia en mi vida, ya no hay altibajos. Ya me bajé de la montaña rusa. A pesar de eso, todavía me siento ansiosa con respecto al futuro, siento miedo sin que exista una razón aparente; me cuesta trabajo dejar de anticipar dificultades.

Sabía muy bien cómo vivir en estado de crisis, ahora estoy aprendiendo a vivir en calma.

Nada puedo hacer acerca de cosas que aún no han sucedido, pero estoy aprendiendo a no permitir que experiencias pasadas me hagan temerosa del futuro que desconozco. El miedo, por ser irracional, es un arma poderosa. Cuando me invade, averiguo su origen y descubro su irrealidad. Para romper el ciclo de preocupación y temor, estoy aprendiendo a concentrar toda mi atención en este preciso momento. Trato de alejarme de los “debo” o “debería”, pues mi rigidez era un muro que ocultaba mi temor.

No temo las tormentas porque estoy aprendiendo a navegar mi barco. Louisa May Alcott

El miedo en sí no es bueno ni malo. Es un sentimiento, no una acción. No es una señal de debilidad o cobardía, es sólo un aviso del cuerpo que me dice que allí hay algo importante. Estoy aprendiendo a ver el miedo de una forma diferente: una luz parpadeante que me avisa dónde existe una zona de oportunidad para crecer en algún aspecto, al arriesgarme a hacer algo de diferente manera; una señal de que hay algo que debo aprender.

Estoy empezando a creer que finalmente, y a pesar de todo, mi miedo y yo podemos ser buenos amigos.

La seguridad es en gran medida una superstición. No existe en la naturaleza, ni los hijos de los hombres la han experimentado. A la larga, evitar el peligro no es más seguro que exponerse a él. Porque la vida es una aventura audaz o no es nada. Helen Keller

domingo, 9 de enero de 2011

Mauro

El momento no pudo ser más inoportuno. Sábado a medio día. En media hora pasaría Juan Carlos por mí y yo en la calle sin acabarme de arreglar. Entonces lo vi. De hecho, por poco y lo atropello. Venía en sentido contrario a los carros, dando tumbos. Parecía no importarle el peligro del tráfico. Tenía ya mucho con mantenerse en pie.

Un mastín napolitano a media calle esquivando carros no es algo común de ver. Me estacioné lo más cerca que pude y me acerqué. Caminé junto a él intentando ganarme su confianza, aunque parecía demasiado agotado para notar siquiera mi presencia. A pesar de su enorme tamaño, parecía invisible para la mayoría de los transeúntes.

Después de algunos minutos, un carro se detuvo y ofreció ayuda para llevarlo a una veterinaria cercana. Me ofrecieron dormirlo. Ciertamente era la opción más conveniente, y debo confesar que estuve tentada a tomarla. “Hiciste bien, Gisela, ya estaba viejo, ciego, abandonado y desnutrido. Lo liberaste de sufrir. Y te vas a tu casa con un buen sabor de boca por la buena acción del día y sin ningún compromiso adquirido, ¿no es eso lo que llaman ganar-ganar?”

Pero de mi boca salió algo diferente: “no, me lo llevo a mi casa”; “¿estás loca?”. Fingí no escuchar más la voz llena de cordura que desesperada me gritaba en la cabeza, y decidí darle una oportunidad de vivir sus últimos años con algo de atención, amor y cuidados. “Con suerte consigo darlo en adopción y lo tendré poco tiempo en casa”, esperanzadora e ingenuamente pensé.

Fue objeto de discusión de sobremesa la elección de su nombre. Juan Carlos y yo decidimos que un nombre italiano y con personalidad sería lo adecuado, así que lo llamamos Mauro.

Al día siguiente fui por él a la veterinaria y así comenzó mi aventura. Con Mauro llegaron un montón de complicaciones. Si un perro trae inconvenientes, un perro enorme trae inconvenientes enormes. Babea, y cuando tiene suficiente baba, sacude sus cachetes y baba queda colgada por todos lados. Está viejo, tiene alrededor de 9 años y problemas en las articulaciones. Por si no fuera suficiente, tiene cataratas y casi no ve, aunque se mueve perfectamente gracias a su sentido del olfato.

Nunca había tenido un perro tan grande en la casa, de hecho nunca me había acercado a uno de ese tamaño. El que tengo es una chihuahua, para que se den una idea.

Mauro tiene una manera peculiar de saludar. Saluda como toro (bueno, la verdad nunca me ha saludado un toro, pero creo que saludaría parecido). Desde ese primer saludo procuro que no se pare detrás de mí. La primera vez por poco me da un infarto. Estaba yo de espaldas cuando sentí que metía su cabezota entre mis piernas y caí sentada en su lomo.

Me gusta mi casa arregladita. Colecciono un montón de cosas, desde manzanas hasta cajitas, pasando por corazones. Me gusta tener mis colecciones arregladas en un orden especial. Me gustan mis tapetes, en especial el afgano que tengo en mi sala y los cojines que traje de Guatemala.

Mauro en muchos sentidos ha sido mi maestro. Me confronta conmigo misma, con mis creencias y con los principios que he decidido hacer míos. Para mí la vida tiene más valor que cualquier cosa material. Eso me repito sobre todo por las noches, cuando entra a la casa y burla las sillas que coloco a manera de muralla para evitar que se meta en mi sala. Entre otras peculiaridades de comportamiento, acostarse encima de mis rosales es una de sus favoritas.

Casi todos los días Mauro y yo salimos a caminar por los alrededores. Algo así como cada 10 metros, se detiene varios minutos a tomar aire y recuperarse… “¿ya seguimos, Mauro?”... él parece no escucharme. Simplemente se toma su tiempo, y ciertamente es una gran oportunidad para ejercitar mi paciencia (“¿A qué hora pedí oportunidades para ejercitar mi paciencia?”). Eso sin tomar en cuenta cuando empieza a acuclillarse con actitud sospechosa: “¡No Mauro ahí no, por favor, no enfrente de la puerta de mi vecina! ¡Maurooo! ¡aughhh….$%#&!!”

Me gustaría ver mi sala sin sillas por todos lados por las noches. Y mi jardín en perfecto estado, como solía estar. Pero tengo que confesar que, a pesar de esos deseos, cuando lo veo persiguiéndome por toda la casa, moviendo la cola o saludándome con su particular estilo, comiendo o descansando en la cama que le hice… no puedo dejar de pensar lo que sería de él si no lo hubiera ayudado el día que lo encontré.

Entonces me siento feliz, me inunda una sensación de bienestar, dicha y agradecimiento por poder compartir mi buena suerte. Y, de alguna forma, me siento completa. Asumí los problemas, pero también el beneficio emocional. Es así con los perros y con la vida, ¿o no?

“Muchas veces, perder el equilibrio por amor es parte de vivir una vida con equilibrio”. (Comer, rezar y amar)

Mauro murió el 5 de febrero; le encontraron un tumor en la tráquea y le fallaron los riñones. Juan Carlos y yo lo acompañamos hasta el último momento. Vivió casi 8 meses conmigo. Gracias por todo Mauro.

miércoles, 5 de enero de 2011

Cambiar

No se puede desandar lo andado, pero sí corregir el rumbo.

Durante muchos años corría diario en un bosque cerca de mi casa, y por seguridad utilizaba siempre el camino más ancho y transitado. Luego de un tiempo hacía el ejercicio prácticamente “en automático”. Un día, aburrida por la rutina, decidí arriesgarme por las veredas aledañas. Fue una experiencia completamente diferente que me brindó nuevas vistas, nuevos olores y sensaciones. Tomar los atajos me permitió estar más atenta a las sutilezas del camino, al aquí y ahora, a prestar más atención en dónde ponía mis pies, a concentrarme más en el camino que en la meta. Hizo de mi carrera algo mucho más vital. Mi propósito de este año es hacer lo mismo con mi vida.

He decido dejar de seguir el camino ancho y seguro. Tomaré más riesgos y caminaré por lugares menos transitados. Tomaré más veces la iniciativa y pensaré menos en el “qué dirán”.  Seré más espontánea. Veré menos al frente y voltearé más a mi alrededor; compartiré y confiaré más. Cuando sea la hora de la siembra, lo haré al máximo, pero a la hora de la cosecha, me relajaré y disfrutaré lo conseguido. Me desconectaré del “modo automático” y de la monotonía. Dejaré de ver las equivocaciones como distracciones de un fin y empezaré a verlas como oportunidad de crecimiento, que me muestra rutas inexploradas.
La vitalidad procede de la atención que aplicamos a lo que hacemos.
Anat Baniel

Dejaré a un lado la prisa y saborearé d..e..s…p…a..c…i…o.. el camino, poniendo atención a los sutiles cambios y pequeños detalles. Los seres humanos tenemos el proceso de aprendizaje más largo de todas las especies. Estamos hechos para tomarnos nuestro tiempo. Ir despacio es el primer paso para estar más en el presente. Pondré todo mi empeño en comer lentamente, saboreando y distinguiendo cada sabor y cada textura, e introduciré esa falta de prisa en todas mis acciones, abriéndome a la sensualidad de mis sentidos. Haré mucho más cosas de esas que se hacen sin más motivo que el mero placer de hacerlas.

En 1949, el investigador Donald Hebb descubrió que al aprender algo nuevo creamos rápidamente muchas sinapsis neuronales. Pero, a medida que perfeccionamos ese conocimiento, el cerebro busca la manera de hacer más eficiente el proceso, desprendiéndose de millones de conexiones que considera innecesarias.

El reducido número de conexiones que quedan forman patrones o “surcos” permanentes que conducen el flujo de información. Estos “surcos” tienden a auto protegerse rechazando neuronas nuevas, poniendo resistencia a nuevos conocimientos.

Al cambiar nuestras rutinas, obligamos al cerebro a formar nuevas conexiones y nuevos surcos. A medida que asimilamos información, desarrollamos una visión interior (opinión) sobre nuestro mundo. Cuando estos patrones ya funcionan lo suficientemente bien, nuestro cerebro impone esa visión en nuestro entorno y experiencia. Esto sería una explicación científica de por qué nos cuesta asimilar ideas nuevas y se nos hace tan cómoda la rutina.

Me permitiré descubrir e inventar nuevas formas de actuar y de pensar. Analizaré mis creencias desde otras perspectivas, con una mente más abierta y receptiva a nuevas ideas. Abandonaré mi tendencia a juzgar lo bueno y lo malo; lo correcto y lo incorrecto, y veré todo sin prejuicios.

Dejaré el hábito de comparar lo nuevo con lo conocido. Sin desdeñar mi experiencia, veré lo nuevo con nuevos ojos. Dejaré de forzar soluciones, pues si no me aferro a nada, podré tener las manos libres para las que aparezcan de manera inesperada. Perseguiré mis metas con la libertad de ver más cosas por el camino, olvidándome de controlar los resultados.

 Dejaré de suponer que solo hay una forma de hacer las cosas. No hay perfección a la que aspirar, ni reglas fijas sobre la manera “correcta” de hacerlas. Me esforzaré, analizaré y me preocuparé menos, y disfrutaré, jugaré, bailaré y me relajaré más. Viviré de una forma más simple y liviana.

Aprenderé a escuchar con atención, tanto a los demás como a mis sentimientos, pensamientos y deseos. Celebraré hasta mis menores progresos. Le bajaré un poco el volumen a mi razón y le subiré a mi imaginación e intuición. Soñaré más tiempo despierta, y me conectaré más con mis sueños. Según un estudio, soñar despierto ofrece al cerebro una enorme flexibilidad para dar con soluciones  impredecibles. Me daré un tiempo diario para meditar y ponerme en contacto con mi Poder Superior.

Actuaré solo en la medida de mis posibilidades y me recordaré que NO soy la responsable del funcionamiento del universo. Cuando duermo, Dios sigue despierto. Dejaré de preocuparme y me ocuparé de cumplir con mi parte. Tendré presente que tiempo de espera no significa necesariamente tiempo perdido. Aún los momentos de quietud tienen algo que enseñarme.

“Además del noble arte de hacer las cosas, hay un noble arte de dejarlas sin hacer. La sabiduría de la vida consiste en la eliminación de las cosas no esenciales”.
Lin Yutang


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