sábado, 27 de junio de 2015

Vámonos respetando...




"El respeto es la aceptación del otro como diferente, legítimo y autónomo." Humberto Maturana


Según el sociólogo y filósofo chileno, Rafael Echeverría, para comprender a cabalidad a un individuo, es necesario conocer el trasfondo socio-histórico a partir del cual este se constituye, el bagaje de creencias desde las cuales actúa.

Desde Platón hasta nuestros días el trasfondo prevaleciente ha sido el metafísico, que coloca el sentido de esta vida en otra, eterna, a la que llegamos después de morir. El "ser" es considerado inmutable y trascendente ("qué quieres que haga, así soy"), ignorando la neuroplasticidad cerebral o la capacidad de reinventarnos. Además en ese ser de las cosas se encuentra la verdad (en su "esencia"). A esta se accede mediante la razón, que es la que nos constituye como humanos. La razón pertenece a un ámbito superior del espíritu, mientras que la corporalidad, los instintos, las emociones y las pasiones nos remiten a nuestra naturaleza animal. 

Este discurso metafísico, aliado con el sistema patriarcal, es la base de nuestra sociedad occidental. Ha ido conformando el sentido común  y se manifiesta en los tipos de convivencia, en nuestra mirada al mundo y a la vida. En él existe el bien y el mal, usados generalmente como instrumento manipulativo. Existen "verdades" que son consideradas únicas, universales y trascendentes, que dividen a las personas en dos bandos: los ciertos y los equivocados. Cuando queremos imponer nuestro  punto de vista al otro ("sacarlo de su error") acudimos a argumentos "objetivos y racionales", ya que consideramos la realidad como universal, algo a lo que todos accedemos de forma directa sin necesidad de interpretaciones. Negamos la posibilidad de que coexistan múltiples puntos de vista en torno a un mismo fenómeno. Tomamos como ilegítimo cualquier pensamiento que se aparte del "deber ser" establecido de forma trascendente. 

Comportamientos excluyentes, jerárquicos, discriminatorios, dogmáticos, enjuiciadores, condenatorios, manipulativos y autoritarios son justificados en nombre de verdades universales y trascendentes, de una presunta objetividad, de la razón, de la bondad, de la justicia... juicios al fin y al cabo que emitimos desde nuestra emoción y que no tienen el mismo significado para todos. Nos colocamos en un escalón superior con respecto a quien consideramos equivocado. Deslegitimamos al otro al no reconocer que está en un dominio de realidad diferente al nuestro. 

Los individuos que se creen dueños de la verdad establecen un tipo de relación muy distinto al que establecerían si reconocieran que se puede tener diferentes opiniones sobre una misma cosa y ser todas igualmente válidas y legítimas. 

Según Rafael Echeverría no sabemos cómo son las cosas, solo cómo las interpretamos. El mundo no es independiente de nosotros. Cada quién le encuentra sentido a lo externo de acuerdo a su particular forma de ver e interpretar. Preferimos las explicaciones que más nos gustan sobre los sucesos externos y nos decimos que fue resultado de una lógica deductiva, cuando lo que hicimos fue escoger desde la emoción. Según el biólogo y neurocientífico chileno Francisco Varela, pensar no es unir pedazos conceptuales, no somos sistemas vacíos que recogen información. Un descubrimiento de la neurofísica es que cuando vemos algo, el sistema motor se activa antes de verlo. La intención y la voluntad son lo que le da sentido a la percepción y no como antes se pensaba que, primero es el estímulo, luego el análisis y finalmente llega la respuesta. La imaginación es el centro del conocer. La emoción y el sentimiento son lo más constitutivo de la vida mental. Escogemos un juicio sobre otro  y lo hacemos nuestra verdad nada más porque nos gusta. Razonamos el porqué nos gusta, pero lo escogemos desde la emoción. No hay verdades per se, hay diferentes puntos de vista. 

El discurso metafísico funda la ética en verdades, la Ontología del lenguaje, rama de la filosofía, propone que el criterio para escoger entre diferentes interpretaciones no sea la verdad, por lo antes expuesto, sino el tipo de convivencia que deseamos establecer con nuestros semejantes, uno que respete la mutua legitimidad con independencia de sus ideas. Actuar con intención de generar buenas consecuencias  responsabilizándose por ellas es actuar éticamente. La ética surge de nuestro interés por el otro, no de una obediencia a alguna verdad trascendente. 

En fin, parece que Manuelito de Quino tenía muy claros estos conceptos y nos los resume de forma magistral.